La DT cordobesa analiza su paso por Ecuador, la evolución táctica del deporte, su huella en Belgrano y River, y su visión formativa.
Por Tomás Rouge (@tomas.rouge_ok) / Foto de portada: Universidad Católica de Ecuador.
El pasado 20 de agosto marcó el final de una etapa dorada para la Universidad Católica de Ecuador. Tras caer por un global de 3-1 en las exigentes semifinales de la Superliga Femenina 2026 ante Dragonas IDV, la entrenadora argentina Daniela Díaz y su cuerpo técnico (integrado por Juan Niz y Federico Moresi) se despidieron oficialmente de la «Chatoleí». El saldo es indiscutible: bajo su mando, el club logró el hito histórico de clasificar de forma consecutiva a las semifinales en 2025 y 2026, consolidando un proyecto que potenció a las jóvenes promesas locales.
En una charla íntima y profunda —realizada originalmente a fines de julio en la antesala de los playoffs y cuya publicación debió ser postergada por el lamentable terremoto que afectó a Colombia—, la estratega cordobesa repasa todo lo construido en territorio ecuatoriano. Además, analiza el crecimiento de la región, recuerda su imborrable paso por Belgrano y River Plate, desgrana su filosofía táctica y reflexiona sobre su futuro y la docencia deportiva.
El proyecto integral en la Universidad Católica y el desarrollo del talento
—Fémina Football: A principios de año confirmaste tu continuidad en Universidad Católica destacando que el proyecto contemplaba también el desarrollo de las categorías formativas. A la hora del balance, ¿cómo evaluás el desafío que significó liderar al plantel profesional y al mismo tiempo fortalecer toda la estructura del fútbol femenino?
—Daniela Díaz: Estoy muy contenta con lo que logramos. El fútbol femenino en Ecuador tiene prácticamente los mismos años de profesionalismo que en Argentina, desde 2019. Estuvimos en un club que apuesta mucho por su recurso humano, con un entorno muy cercano y con los pies en la tierra, pero también con objetivos claros de crecimiento año tras año. Y el fútbol femenino formó parte de ese proceso.
Hace poco se había incorporado un nuevo jefe de fútbol femenino, que además es colega e instructor de CONMEBOL y a quien tuve la suerte de conocer a principios de este año. Sentíamos que la disciplina necesitaba seguir fortaleciendo su estructura. No se trataba solamente de tener una cabeza al frente del plantel profesional, sino también de contar con una figura que pudiera estar más cerca de las categorías formativas, establecer lineamientos y ayudarnos a unificar criterios.
Nuestra función principal estuvo en Primera División, pero tuvimos un porcentaje muy alto de jugadoras jóvenes a las que promovimos y acompañamos constantemente en su transición hacia el plantel profesional. Esa fue una parte fundamental del proyecto: desarrollar y potenciar el talento ecuatoriano, que tiene un enorme margen de crecimiento, acompañando los procesos de formación sin perder de vista la competitividad. Y creo que los resultados que conseguimos reflejaron ese trabajo.
—Durante la temporada terminaron cuartas en la tabla general, eliminaron a Carneras y se metieron nuevamente entre los cuatro mejores del país. ¿Qué ajustes futbolísticos y mentales tuvieron que hacer para dar ese salto competitivo, y qué importancia tuvieron referentes como Milagro Barahona?
— Mantenernos entre los cuatro primeros fue algo que valoramos muchísimo, porque competimos con clubes de enorme estructura, historia y recursos, como IDV, LDU o Barcelona. El desafío este año fue darle continuidad al proceso que iniciamos la temporada pasada: sostener la base del equipo y, a partir de ahí, sumar jerarquía y potenciar las características del plantel.
Pudimos incorporar jugadoras importantes como Jacqueline Velásquez y Kathleen Mendoza, entre otras. “Jackie”, por ejemplo, nos aportó muchísima experiencia por su recorrido en distintos clubes y en la selección de El Salvador. También contamos con referentes como Milagro Barahona, que tuvieron un rol clave no solamente desde su rendimiento, sino también acompañando a las más jóvenes en los momentos de mayor exigencia.
A partir de esa base buscamos potenciar nuestras fortalezas. Tuvimos delanteras con velocidad y jerarquía: junto a Barahona estuvieron Viveros, Velásquez, América Rosero, Rihanna Quiñonez y Noemí Camacho, a quien por sus características hemos utilizado también unos metros más adelante. Pero, al mismo tiempo, tuvimos un plantel muy joven. Kathleen y Noemí, por ejemplo, son Sub-20 —al igual que varias compañeras— y se preparan para disputar el Mundial de Polonia este año.
Por eso, uno de los grandes desafíos estuvo en aprender a gestionar mejor los diferentes momentos del juego. Durante la temporada nos pasó varias veces que lográbamos ponernos en ventaja y recibíamos rápidamente el empate, o que nos costaba sostener esa ventaja. Entendíamos que el equipo necesitaba atravesar esas experiencias para madurar. Ahí trabajamos mucho desde diferentes áreas: incorporamos una psicóloga al cuerpo técnico y profundizamos el uso del videoanálisis. El crecimiento del equipo pasó por ahí: fuimos un grupo más maduro, que interpretó mejor los momentos y entendió que hay que competir hasta el último minuto.

Identidad, adaptación táctica y el choque de titanes
—Mencionaste que la principal diferencia con Argentina es el biotipo de la jugadora ecuatoriana, destacando que son muy atléticas. ¿Cómo tuviste que modificar tu idea de «ataque posicional» para sacarles el máximo provecho, especialmente para afrontar series tan cerradas como las semifinales ante Dragonas IDV?
— Sin duda hay diferencias y fue algo que tuve que aprender a interpretar cuando llegué a Ecuador. Tuvimos un plantel con muchas jugadoras rápidas, potentes y con una gran capacidad para repetir esfuerzos de alta intensidad. A mí ese perfil me encanta y, además, al tratarse de un grupo joven, nos permitió construir un equipo intenso, con capacidad para presionar alto y también para reorganizarse rápidamente en bloque, manteniendo las líneas juntas.
Pero para mí la velocidad no sirve solamente para correr al espacio. El gran desafío estuvo en aprender cuándo acelerar y cuándo tener paciencia. Nosotros trabajamos el ataque posicional, buscamos generar superioridades, tener buenas circulaciones y elaborar. Pero también entendimos que no siempre hacen falta diez pases para progresar: si con uno o dos toques lográbamos generar una ventaja y aparecía el espacio, teníamos que reconocerlo y atacarlo.
Ahí intentamos potenciar las características de nuestras jugadoras sin renunciar a nuestra idea. Tuvimos extremos muy rápidas y futbolistas capaces de romper líneas, por eso trabajamos mucho en reconocer cómo estaba posicionada la defensa rival, cuándo aparecía un pase filtrado y dónde estaba el lado débil. Creo que ese fue parte de mi aprendizaje como entrenadora en Ecuador: no imponer una idea por encima de las características de las futbolistas, sino adaptar esa idea para potenciar lo que el equipo tiene.
—¿Cómo se trabajó esa mentalidad competitiva en un plantel tan joven para convencerlas de que podían dar pelea hasta el final frente a un rival con la estructura de Independiente del Valle?
— Desde el cuerpo técnico intentamos transmitir una línea de trabajo muy pedagógica, pero también una mentalidad muy competitiva. Pasábamos muchas horas en el club y compartíamos gran parte del día a día con las jugadoras: entrenamientos, análisis, desayunos, almuerzos. Muchas de ellas además viven juntas en la residencia. Y creo que es en esa convivencia cotidiana donde se transmitió la pasión y el compromiso.
El mensaje siempre fue claro: si eligieron este camino, hay que animarse a ir por todo y no conformarse. Sabíamos que IDV contaba con una estructura y recursos importantes, y con un plantel de mucha jerarquía. Pero nos conocíamos bastante y demostramos que podíamos competir de igual a igual. Teníamos una ilusión enorme, pero con los pies en la tierra. Más allá de que no se nos dio el paso a la final, no lo vivimos como una hazaña imposible, sino como una posibilidad real que nos fuimos ganando a partir del trabajo.
La mirada hacia Argentina y un futuro profesional abierto
—Siempre seguís de cerca nuestro fútbol y te alegraste por el presente de los equipos cordobeses. A la distancia, ¿cómo analizás el torneo argentino y cuánto pesó la realidad económica del país en tu decisión de afianzarte en el exterior?
— Me encanta el fútbol argentino y lo sigo muchísimo; a veces estoy a “triple pantalla” mirando partidos. Creo que el torneo se volvió cada vez más competitivo y hoy cualquiera puede competir con cualquiera. También le doy muchísimo valor a la decisión de apostar por los torneos juveniles, porque empezamos a ver cómo los clubes se nutren cada vez más de jugadoras formadas en sus propias estructuras. El título de Racing, por ejemplo, no me sorprende porque es un club que venía siendo protagonista y que cuenta con jugadoras de mucha jerarquía.
Obviamente Argentina siempre es especial para mí. Es mi país, allí está mi familia, mis afectos y gran parte de mi historia dentro del fútbol. Estar afuera también implica resignar muchas cosas y este año, particularmente, sentí un poco más la distancia. Pero salir del país fue una decisión profesional que me permitió crecer, conocer otra cultura futbolística y sumar experiencias que valoro muchísimo.
Como mi vínculo con Universidad Católica finalizaba al término de esta temporada, hoy estoy evaluando qué proyecto aparecerá para la próxima etapa. Estoy muy agradecida al club por la confianza y por haberme permitido sostener un cuerpo técnico con el que construimos un gran proceso de trabajo. Nunca descarto volver a Argentina, porque es una liga que conozco, disfruto y en la que me encantaría volver a dirigir. Pero tampoco cierro ninguna puerta: salir del país despertó en mí el deseo de seguir conociendo otras ligas y culturas. Lo importante será encontrar un proyecto serio, con ambición de crecimiento y en el que pueda seguir desarrollándome.

El legado imborrable en Belgrano y River Plate
—Tu nombre está en los libros de historia: lograste un ascenso invicto en Belgrano y fuiste la primera entrenadora mujer en la historia de River, ganando la Copa Federal. Cuando mirás hacia atrás, ¿cuál sentís que es tu mayor legado?
— Belgrano va a ser mi primer amor toda la vida. Es el club que me abrió las puertas como jugadora, después como ayudante de campo y finalmente como entrenadora. Tuvimos la posibilidad de recorrer un camino muy lindo y, en muchos aspectos, histórico. Lo construimos junto a muchísimas personas: jugadoras referentas como la “Pepa” Gómez y “Pomu” Sánchez, todos los cuerpos técnicos que pasaron por la disciplina y una dirigencia que supo escuchar y apostar por el fútbol femenino. Haber podido aportar en la construcción de esas bases me genera muchísimo orgullo. Por eso hoy no me sorprende ver a Belgrano siendo protagonista, saliendo campeón y compitiendo a nivel internacional.
River, en cambio, representó otro desafío enorme. Llegar a una institución de esa magnitud fue un honor y siempre voy a estar agradecida con Gabriela Cenoz por animarse a apostar por algo que en aquel momento era disruptivo. Llegué junto a Yasmín Roston, mi preparadora física, y conformamos una dupla de mujeres dentro del cuerpo técnico de River. Tuvimos el privilegio de ser parte de los primeros partidos del fútbol femenino del club en el Monumental frente a Boca y San Lorenzo.
Y, por supuesto, está la Copa Federal. Haber conseguido ese título, que hasta hoy sigue siendo el único de River en la era profesional, es algo que dimensiono cada vez más con el paso del tiempo. Me genera orgullo mirar a las futbolistas de aquel plantel y ver el recorrido que hicieron. Tuvimos una camada juvenil extraordinaria, con Justina Morcillo, Martina Del Trecco, Agostina Holzheier, Agustina Vargas y muchas otras, acompañadas por referentes de enorme trayectoria.
Si tengo que hablar de legado, me quedo con eso: haber sido parte de procesos que continuaron creciendo después de mi salida. Los títulos quedan, pero también quedan las jugadoras que crecieron, las puertas que se abrieron y los vínculos que una construyó.
El reglamento como táctica y la docencia en la dirección técnica
—Venís de una formación muy completa: jugadora, preparadora física y árbitra. ¿Cómo utilizás ese conocimiento del reglamento y del arbitraje como una herramienta más dentro de la dirección técnica?
— El arbitraje es una etapa que recuerdo con muchísimo cariño y que me dio herramientas que hoy utilizo como entrenadora. Siempre les digo a las jugadoras que tienen que aprender a jugar también con la figura arbitral, entendiendo sus criterios y conociendo el reglamento. Me gusta saber quién nos va a dirigir, conocer su perfil y trabajar con las capitanas sobre cómo comunicarse. Una buena capitana no es la que protesta todo, sino la que sabe cuándo acercarse, cómo preguntar y generar un diálogo respetuoso.
Después hay detalles reglamentarios que forman parte de la estrategia. En determinadas reanudaciones no siempre es necesario esperar una indicación arbitral para poner rápidamente la pelota en juego. Si queremos aprovechar esa posibilidad, les enseñamos a reconocerla y a comunicárselo al equipo arbitral para evitar confusiones. Lo mismo con las infracciones: intento que entiendan cuándo realmente existe un contacto sancionable en el área, y que no pierdan una ventaja por querer continuar una acción cuando recibieron una falta clara. No se trata de simular, sino de conocer el reglamento. Al final, hay algo que está por encima de cualquier cuestión estratégica: el respeto.

—Además de dirigir, sos instructora CONMEBOL y fundaste el Centro Deportivo DD como espacio de formación. ¿Qué características no le pueden faltar a la DT del futuro y qué te motiva de la docencia?
— La docencia siempre estuvo muy presente en mi forma de entender la profesión. El Centro Deportivo DD nació durante la pandemia, cuando empezamos a observar que todavía había pocas oportunidades y espacios pensados para mujeres dentro del fútbol. La intención fue generar una red y compartir metodologías. Después llegó la posibilidad de ser instructora CONMEBOL, que representa un enorme orgullo. Enseñar te obliga a seguir aprendiendo; cuando tenés que transmitir un concepto y debatirlo, revisás permanentemente tus propias ideas.
A un entrenador o entrenadora no le puede faltar un conocimiento profundo del juego. Hay que estudiar, leer, observar y actualizarse constantemente. Haber jugado al fútbol te aporta experiencia valiosísima, pero no significa que ya lo sabés todo.
Y el otro gran pilar es la gestión de grupos. Podés tener muchísimo conocimiento táctico, pero si no sabés comunicar, entender a las personas o interpretar la cultura del lugar, es muy difícil sostener cualquier proceso. Hoy dirigimos nuevas generaciones y tenemos que aprender a adaptar nuestros mensajes. La entrenadora del futuro necesita conocimiento, humildad para seguir aprendiendo, capacidad de adaptación, apertura tecnológica y, fundamentalmente, sensibilidad para liderar personas. Los sistemas evolucionan, pero al final seguimos entrenando seres humanos.

